No vamos a hacer un estudio etimológico, religioso, ni filosófico sobre la palabra escogida como título de este breve ENCUENTRO, simplemente quiero describir la reacción que sufrí el pasado lunes día 17 de noviembre.
Para ponernos en contexto, llevo algunos meses sin salir a pajarear y otros pocos sin publicar y tengo un atraso de fotos chulas, bimbos y agradecimientos que me están llevando a la desesperación, y no sé por donde empezar. Mientras tanto, mi rutina se resume en atender a Amira, mi trabajo y mis obligaciones religiosas.
Amira, a su edad de 14 años por la parte más corta, pide poco: comida, agua, un poco de juego cuando le dan sus nervios y salir a la calle a hacer sus cosas de perro y mantener las relaciones con congéneres... pero cada vez a paso más lento y tranquilo. Eso sí, trato de hacerle el paseo lo más variado posible cambiando las zonas a las que vamos y los recorridos que hacemos para que se entretenga con nuevos estímulos y los olores que encuentre cada mañana.
Volviendo al pasado lunes, como todas las mañanas, el paseo transcurrió sin muchas novedades y al ir caminando por la acera por la que solemos pasear, en la que hay arboleda y jardines, sin saber por qué, cambié de acera y nos fuimos por la que no hay nada, solo acera y vallas de los terrenos pendientes de construir. Eso sí, nuestra tranquilidad y parsimonia se veía alterada por las prisas, los gritos de niños y padres que acuden a un colegio cercano. Por cierto, los padres deberían mirar la velocidad con la que circulan en los alrededores de las zonas escolares pues dan miedo y siempre pienso que como se cruce un niño o un perro... las malditas prisas.